viernes, 16 de agosto de 2013

Sólo lo diré una vez…

Rara vez me interesa escribir de política (hablar ya es otra cosa, ahí no hay quien me pare), y menos en este blog que dedico a las cosas que me hacen feliz, pero en el último año he estado leyendo una serie de cosas que me han puesto los pelos de punta y que, en mi humilde opinión, no siguen ningún sentido de la lógica. Así aprovechando que mañana es mi cumpleaños, me voy a auto-regalar el derecho a decir y escribir lo que me da la gana sobre los temas que más me han indignado últimamente.

Los temas corresponden a la brillante idea del señor Gallardón de cambiar la ley del aborto y, hace unas semanas, a la decisión de la señora Mato de no incluir a las mujeres solteras y lesbianas en la asistencia sanitaria pública para la reproducción asistida. 

Comenzaré diciendo que, por muy abierta de mente que me considero, estoy completamente en contra del aborto, a menos que éste sea resultado de una violación, que el feto tenga malformaciones y/o problemas médicos que vayan a condicionar seriamente su vida, y que corra riesgo la vida de la madre.

Partiendo de este punto, y aunque suene contradictorio, tengo que decir que me parece un disparate y una falta de responsabilidad por parte de cualquier gobierno, de derechas o izquierdas, prohibir el aborto. Déjeme que se lo explique, señor Gallardón.

Lo primero es que el hecho que usted o yo no creamos en el aborto, por las razones que sea, no significa que el resto de la población de este país tenga que estar de acuerdo con nosotros y, por lo tanto, no tenemos ningún derecho a imponer nuestras creencias para que actúen como lo haríamos nosotros.

Segundo, e igual de importante, considero que la primera obligación de cualquier gobierno es preocuparse y asegurar el bienestar de su población.

Yo se que usted piensa, o le gusta pensar, que el mundo entero sigue el modelo ideal de familia que se acomoda a sus creencias y que, seguramente, el mejor método para no quedar embarazada es practicar la abstinencia, igual que a mi me haría muy feliz pensar que las mujeres del mundo entero tuvieron la suerte de crecer en una casa como la mía, en la que se acepta a las personas por lo que son, cometan o no errores y tomen o no las decisiones más acertadas.

Y si, me gusta pensar que, cuando nazca, voy a educar a mi hija y le voy a dar toda la información necesaria para que salga al mundo y sepa lo que se va a encontrar en él. Me gusta pensar, también, que la voy a criar en un ambiente con la confianza suficiente para que hable conmigo de sus dudas y problemas y que tenga claro que, siempre que no se convierta en una salvaje o una delincuente, va a tener un techo en mi casa.

Pero sabe qué, señor ministro, una cosa es que me guste pensarlo y otra que me crea que vivimos en Disney World, donde todo es felicidad, unicornios, arcoiris y mariposas. Porque, a diferencia de usted, yo todavía recuerdo lo que significa ser un adolescente y creerte que lo sabes o lo entiendes todo. Todavía recuerdo las estupideces que somos capaces de hacer, producto del miedo, la inconsciencia y la falta de experiencia.

Por otro lado, no estoy lo suficientemente ciega como para pensar que todos crecimos en el mismo modelo de familia. Tengo clarísimo que existen familias en las que se da de comer, pero no se educa; en las que se grita, pero no se explica; en las que no se permite tener una opinión diferente y donde la única opción válida para los hijos es la perfección y, si no, como si no existieran.

Creo que usted, señor Gallardón, no ha caído en cuenta que los que necesitamos ayuda no somos los que crecimos en una familia bien estructurada, si no todas aquellas niñas a las que les van a dar una paliza por estar embarazadas (una paliza que, probablemente, lleve finalmente a un aborto), a las que van a dejar en calle, o a todas esas niñas que tienen la desgracia de que el padre de sus hijos no sea el novio de turno, si no un desgraciado que les puso algo en la bebida en un bar cuando se descuidaron,  un primo, un tío, o incluso su propio padre.

Son ellas las que necesitan protección, son ellas las que necesitan ayuda. Son ellas las que, más que seguro, necesitan el derecho a abortar, si lo desean.


El segundo tema, la reproducción asistida, va dirigido a la excelentísima ministra Mato, una señora que, al parecer, desconoce el significado de la palabra empatía.

Entramos en la misma dinámica, yo puedo entender que usted considere que la homosexualidad es un pecado o incluso que diga que cree que ser gay es como “comer por la oreja”, como tan elocuentemente me dijo un amigo hace unos años. Entiendo también que en su cabeza no entre la idea de que una madre o padre puedan criar a sus hijos sin una pareja. 

Ahora, por favor, contésteme un par de cosas…

Si yo soy capaz de respetar sus creencias, ¿por qué no puede usted respetar las mías?

¿Es que una mujer con una pareja heterosexual tiene más valor o más derecho a tener hijos que yo?

¿Cuál es su solución? Que mi pareja o yo nos vayamos a una discoteca y nos lo montemos con el primero que pase y que no nos desagrade del todo? O no, mejor aún, ¿tenemos que llamar al técnico de Telefónica para decirle que finalmente estamos dispuestas a cumplir su sueño erótico del trío que nos propuso hace unos años cuando nos instalaba "el TRÍO de Telefónica"? 
Por que vamos, creo podemos pasar por alto durante 5 minutos el hecho de que NO NOS GUSTAN LOS HOMBRES, lo que no podemos obviar es que, sin un preservativo de por medio, nos pueden pasar cualquier bicho habido y por haber. 

Explíqueme, señora Mato, ¿qué necesidad tiene de agregar tensión a un proceso que, de por si, no es fácil y resulta muchas veces frustrante?

Porque no se si usted se piensa que la reproducción asistida es como esa película de Chonnifer López donde la inseminan una vez y ya está, ¡gemelos! No se engañe, las cosas no son así. Te hormonan más que a un pollo y se intenta una y otra vez, hasta que se acaben las fuerzas o, mas a menudo, los fondos de la cuenta bancaria. ¿Qué es eso tan malo que hemos hecho para no ser incluidos? ¿Querer a alguien que no le gusta? 

Y ojo, no voy a hablar de dinero, porque me enseñaron que eso está muy feo, pero déjeme decirle que ante un proceso tan duro, un poco de ayuda no vendría nada mal. Créame que nos hubiera encantado que la sanidad pública nos hubiera financiado aunque sea parte de las 4 inseminaciones y la fecundación in vitro que nos costó que mi pareja quedara embarazada.

No voy a hablar de dinero, pero créame si le digo que, con ese mismo número, hubiera podido comprarme un scooter nuevo, reformar la cocina y los dos baños de mi casa (en IKEA, no se piense usted que me iba a ir a Porcelanosa, como la Preysler) y el concierto de Barbra Streisand en Amsterdam, en una zona excelente (tickets, hotel y billetes de avión incluidos), al que quería ir desde hace años... Y me hubiera sobrado para invitarla a cenar.

Si no me lo quiere financiar, OK, no pasa nada, que para eso trabajamos, pero contésteme una última pregunta…

¿A santo de qué le tenemos que pagar nosotras, con nuestros impuestos, la reproducción asistida a las familias que si entran en su modelo de familia perfecta? 

Lo siento mucho, pero o todos o ninguno.



PD: Las líneas anteriores son pensamientos, opiniones e ideas personales. Entiendo que no todos compartan mi opinión y, por supuesto, si he ofendido a alguien, me disculpo. De ninguna manera ha sido mi intensión. 

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